Cómo los 580 días en la cárcel cambiaron a Lula

uando llegó por primera vez al gobierno (2003), el ahora reelecto Presidente Lula venía de tres derrotas seguidas y se había moderado. De su segundo mandato, salió con 87% de aprobación. Ahora es otro en varios sentidos. Más centralizador, trabaja con un pequeño círculo de leales. Se ha izquierdizado, aunque menos de lo que dicen sus adversarios.

La salida. El 8 de noviembre de 2019, Luiz Inácio Lula da Silva salió de la sede de la Policía Federal en Curitiba tras poco más de un año y medio preso. Hizo un discurso encendido ante la multitud de militantes que lo esperaban. Y lo cerró con un beso a su novia, Rosângela da Silva, “Janja”.

  • La escena resume el Lula que vendría. Más combativo. Más rodeado de leales. Y con una nueva pareja a su lado, muy distinta de la anterior, con apetito político: socióloga y militante petista de 60 años (Lula tiene 80).
  • Lula fue condenado por corrupción en la Operación Lava Jato y encarcelado en 2018, lo que lo sacó de la elección que ganó Bolsonaro. Luego el Supremo Tribunal Federal anuló sus condenas, por un problema de competencia del tribunal y por la parcialidad del juez Sergio Moro.
  • El Lula de 2003 era el del pacto. Había aprendido de tres derrotas en los noventa a suavizar el discurso para tranquilizar al mercado y al poderoso sector privado brasileño. Dejó el poder en 2010 con 87% de aprobación.
  • Según aliados consultados por Reuters, la prisión lo volvió más paciente, pero también más centralizador, y consolidó un grupo de leales a su alrededor. “Hoy centraliza más las decisiones en sí mismo”, dijo el senador petista Humberto Costa.

Los cambios. Lo primero es que endureció el tono. Se peleó con el mercado, defendió a Nicolás Maduro en la escena internacional y abrazó las agendas de raza y género. También ha sido mucho más confrontacional con Estados Unidos, aunque en buena parte como reacción a Donald Trump, que impuso aranceles de 50% a productos brasileños y apoya al bolsonarismo.

  • En economía, el giro fue más moderado. Incluso causas hoy emblemáticas llegaron tarde. El fin de la jornada laboral de seis días por uno de descanso (la “escala 6×1”) fue impulsado por la diputada Erika Hilton, del PSOL.
  • Lula, formado en el sindicalismo, consideraba que el tema debía negociarse entre empresas y sindicatos; lo adoptó cuando las encuestas mostraron su enorme popularidad.
  • Atacó duramente al presidente del Banco Central nombrado por Bolsonaro, Roberto Campos Neto, por mantener la tasa de interés en 13,75%, y llegó a insinuar el fin de la autonomía de la institución.
  • Pero no la eliminó: esperó a que venciera el mandato y nombró a su propio candidato, Gabriel Galípolo.
  • Sí cambió la regla fiscal. Reemplazó el “techo de gastos”, que congelaba el gasto real, por un nuevo “marco fiscal”. El nuevo modelo permitió límites de gasto más laxos que el techo creado bajo Michel Temer.
  • También abandonó la política de Petrobras que ataba el precio de los combustibles al mercado internacional.
  • Hizo una reforma del impuesto al consumo y aprobó la exención del impuesto a la renta para quienes ganan hasta 5 mil reales mensuales.

La gran consejera. Marisa Letícia, casada con Lula por más de 40 años y fallecida en 2017, tenía un bajo perfil, aunque pesaba en el entorno cercano de Planalto. Janja es otra cosa.

  • Los analistas sostienen que Janja combina su papel de primera dama con el de militante, y quien no esté conforme con su rol en el gobierno es mejor que se acostumbre. Sugirió nombres de ministras, como Margareth Menezes en Cultura y Anielle Franco en Igualdad Racial.
  • Su influencia en Lula es un tema habitual en la prensa. Se han filtrado comentarios a los medios -anónimos, por supuesto- de dirigentes del PT y funcionarios de gobierno críticos de su papel.
  • Ella misma se definió ante la BBC como “articuladora” de políticas públicas, con “total autonomía”, aunque perdió peso en la campaña de segunda vuelta, según los medios brasileños.
  • La muerte de Marisa Letícia, de un derrame cerebral en 2017 a los 66 años, cuando ella y su marido eran imputados en el caso Lava Jato, Lula la atribuye a esa operación. Y no perdona ni olvida. En su velorio dijo que ella murió triste “por la canallada que le hicieron” y prometió luchar para que “los facinerosos tengan un día la humildad de pedir disculpas”.

Corrupción, tropezando en la misma piedra. En los gobiernos anteriores, los escándalos -el “mensalão” y Lava Jato- golpearon al corazón del PT. En este, llegaron a la familia y al despacho contiguo del presidente.

  • Primero, el fraude con pensiones de jubilados: según la comisión parlamentaria, el Sindnapi, vicepresidido por su hermano “Frei Chico”, descontó el equivalente a unos US$ 115 millones. Frei Chico no fue acusado formalmente y niega cualquier irregularidad.
  • Su hijo mayor, Fábio Luís, “Lulinha”, es investigado en tres indagatorias de la Policía Federal por sospecha de tráfico de influencias. En 2025, en plena eclosión del escándalo de las pensiones, se instaló en Madrid, donde vive en un departamento que cuesta unos 5.800 euros mensuales entre arriendo y gastos.
  • Y está Marco Aurélio Santana Ribeiro, jefe del gabinete personal de Lula hasta poco antes de que estallara el escándalo. Era el filtro por el que pasaba cualquier llamada al presidente, que no usa celular. Admitió un préstamo de una conocida lobista y se investiga si recibió dinero a cambio de facilitar negocios con el gobierno.
  • La paradoja es que el hombre que pasó 580 días preso denunciando persecución judicial vio crecer, en el mejor de los casos bajo sus narices, un entramado que roza a su hijo y a su colaborador más cercano.
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