El día del plebiscito a Bassa se le cruzaron los cables y llamó “retraso” al Rechazo. Pidió perdón de inmediato, pero fue profético: seis de cada 10 chilenos opinaría lo mismo en las urnas ese día. Nunca se ha recuperado de eso. Tampoco ha cambiado de tema.
Siempre que me hablan de Jaime Bassa me acuerdo de un video de menos de un minuto. Aparece afuera de una comisaría, donde el que da las órdenes es un carabinero.
—¿Puede esperar un momento allá?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tengo autoridad para estar acá. Yo soy el vicepresidente de la Convención Constitucional.
El carabinero no se impresionó. Bassa no entró.
Yo, que he criado hijos, conozco esa frase. Es la del niño que llega a la casa del vecino y anuncia que es el presidente del curso. El vecino le sirve jugo.
Han pasado cinco años. Hoy Bassa es diputado por Valparaíso. Presenta mociones sobre fútbol amateur y sobre publicidad hecha con inteligencia artificial. Tiene 100% de asistencia. Es un alumno ejemplar. Y eso lo tiene aburridísimo.
Porque nadie se hace viral por asistir a la sala. A nadie lo invitan a la televisión en horario prime para hablar de fútbol amateur.
En julio de 2021, cuando el octubrismo estaba en llamas, llegó a la testera con 84 votos, camisa blanca por fuera y sin corbata. Pero la suerte le propinó algo más que ser el segundo al mando.
Elisa Loncon prefería hablar poco. Abría las sesiones, hablaba unos cinco minutos y le pasaba la palabra. Él la tomaba por media hora. Ahí, frente al micrófono, sintió que se había encontrado con su destino. Y ahora cree que el séptimo aniversario del 18-O le permitirá reencontrarse.
Con la violencia siempre fue hombre creativo. En octubre de 2021 hubo saqueos en el aniversario. Al día siguiente, con paciencia de profesor, explicó que en Chile nadie usaba la violencia como forma de acción política Los dueños de los locales respiraron aliviados. Entendieron que los habían saqueado por motivos estrictamente recreativos.
Poco después definió la disputa del orden establecido como algo “alegre, rebelde y antagónico”. Ahí pasó una cosa rara. Pese a su explicación, los vecinos de Plaza Italia no quisieron sumarse a la fiesta.
Esta semana, consultado otra vez por la violencia, contestó que no es un cura para repartir indulgencias. Tampoco reparte condenas, por lo visto. Ni bendiciones ni penitencias. El justo medio sacerdotal. También aclaró que no le incomoda para nada que lo vinculen con el estallido. Quedamos notificados.
El 4 de septiembre de 2022, en una entrevista en vivo, a Bassa se le cruzaron los cables y llamó “retraso” al Rechazo. Pidió perdón de inmediato. Pero fue profético: seis de cada 10 chilenos opinaría lo mismo en las urnas ese día. Nunca se ha recuperado.
Nuestro hombre desapareció nueve días. Después contó que estuvo encerrado, intentando dejar atrás la oscuridad de la derrota. Lo peor vino después: La traición de los “Rábula”.
Bassa cantaba desde hace diez años en “Rábula”, una banda de profesores de Derecho de Valparaíso. Un día lo sacaron por WhatsApp. “Después de diez años, un WhatsApp fue suficiente”, escribió en Instagram.
Insinuó, cómo no, motivos políticos. Y cerró con un verso: sobre esos años había caído “el manto de la noche fría, oscura y solitaria”. Neruda le escribió a amores perdidos. Bassa, a un grupo de WhatsApp.
A veces pienso que a Bassa aspira a ser un póster. Uno lo imagina frente al espejo, con la mirada al horizonte y barba de académico rebelde. Su rostro en blanco y negro, en poleras de feria, más vendido que el del Che.
Tiene una ventaja sobre Guevara. Nunca tuvo que soportar los mosquitos de la selva boliviana.
Su Sierra Maestra fue una comisaría. Y no lo dejaron pasar.