El excoordinador macroeconómico de Hacienda durante la gestión de Andrés Velasco y actual economista jefe de Pacífico Research advierte que la economía chilena no muestra señales de reactivación, que el shock del petróleo golpea el consumo y la inflación, y que el Banco Central ya no tendría espacio para bajar la tasa este año.
-La economía tuvo un inicio de año débil. Los datos de actividad apuntan a un PIB nulo o negativo en el primer trimestre y el desempleo muestra tasas del orden de 9%. ¿Qué pasó con las perspectivas más positivas que había?
—Cuando hacia fines del año pasado o comienzos de este año se proyectaba un crecimiento por arriba de 2% o 2,5%, incluso algunos hablaban de 3%, eso implicaba la necesidad de una aceleración importante de la economía hacia el segundo trimestre. Alguien podía argumentar que, dado el cambio de gobierno y que se veían mejoras en las encuestas de percepción y expectativas había espacio para ser optimista. Hoy ese espacio se está cerrando. Los datos confirmaron que no hay una reactivación.
-Dentro de las razones para ese optimismo estaba que los precios de algunas materias primas, como el cobre, seguían altos, lo que favorecía los términos de intercambio.
-Nos hemos encontrado, al paso de los meses, con noticias no muy buenas. El contexto global no solamente nos subió el costo de los combustibles, sino que también otros precios internacionales que son importantes para la economía chilena.
Haciendo algunos cálculos, a estos precios del petróleo uno podría estimar en unos US$700 millones al mes lo que le cuesta a Chile enfrentar estos valores. No es poco. Si eso durara un año, estaríamos hablando de más de 2% de los ingresos pagando en eso. Es un shock importante.
-Ese traspaso rápido al precio de los combustibles también generó un golpe directo al bolsillo.
-Es un efecto negativo sobre el consumo. El consumidor puede sustituir algo, andar un poquito menos en auto, pero tiene que hacerle lugar al llenado de gasolina y tiene que sacar de algún otro lado. Entonces probablemente va a consumir menos de otras cosas.
-También implica más inflación y aleja una posible baja de tasas del Banco Central.
-Claro. La subida de precios que vemos en el IPC es justamente la forma de calcular cuánto más le cuesta al consumidor pagar por lo que tiene que consumir.
Eso efectivamente deja fuera la posibilidad de tener además una pequeña baja de tasas, que tampoco era tan grande, ni tan decisiva, ni tan necesaria, pero estaba ahí en el horizonte. Eso ya no va a ocurrir.
Este tipo de shock es complicado porque, por un lado, el IPC sube, pero por otro lado la gente es más pobre. No es que el IPC suba porque la gente está comprando tanto o porque tiene recursos, como ocurrió con las ayudas de la pandemia.
-Para un gobierno que está recién comenzando, el escenario se ha vuelto más complejo: petróleo, inflación, empleo débil y menor espacio para la política monetaria.
-No hemos visto algo que empuje hacia un optimismo o hacia una reactivación desde las políticas públicas. El mayor optimismo de gran parte de los empresarios estaba en el tema de los permisos y ahí aún no ha habido avances significativos.
Ahora, tampoco hay balas de plata. Pensar que el país va a pasar a ser una maravilla de crecimiento y prosperidad porque se resuelva un problema de permisos o porque se baje un impuesto en particular no es así. Los países se desarrollan con muchas medidas ocurriendo juntas al mismo tiempo y con cambios mucho más profundos.
También es cierto para el otro lado: pensar que la economía está débil y crece poco porque este gobierno está enredando las cosas tampoco es así. La tasa de crecimiento de la economía es algo mucho más estructural.
-El ministro Quiroz ha planteado una meta de crecimiento cercana a 4% para los próximos años. ¿Lo ve posible?
-Lo veo muy difícil, muy difícil. Siempre que se hacen estas apuestas o promesas optimistas uno quiere creer y no quiere ser el aguafiestas que diga: “No, eso no va a pasar”. Pero nada apunta en esa dirección. Hasta ahora es un pensamiento mágico.
-¿Está pesimista respecto de las medidas que se puedan tomar para lograr cambios estructurales?
-Estoy pesimista porque no veo nada que esté ocurriendo realmente con un pensamiento técnico, científico, y concitando los acuerdos y las fuerzas que son necesarias. Lo que veo ahora es más bien promesas bastante confusas, muchas veces con cálculos que no son del todo transparentes, y discusiones en el Congreso que no apuntan necesariamente a los resultados más posibles, sino a transacciones y negociaciones según los intereses de cada grupo.
-¿Al gobierno le ha jugado en contra partir con un diagnóstico de que el país estaba “hecho pedazos”?
-Partir de un diagnóstico errado no es beneficioso. Que el país esté hecho pedazos es un diagnóstico errado. Otra cosa importante es que tener un buen diagnóstico tampoco implica tener una buena solución. Eso se hace mucho: decir “el país tiene problemas estructurales; el tema de los permisos es un problema estructural, entonces lo vamos a solucionar”. Una cosa no implica la otra.
-Pensando en Jorge Quiroz, ¿ha faltado una visión política además de económica?
-De todas maneras. Esto es un tema político, por sobre todo político. Ellos están gestionando el Estado. La economía la hacemos entre todos; ellos hacen esa parte. Creo que Quiroz partió con un diagnóstico que no se condecía con lo que el resto estábamos viendo: esta situación de emergencia, esta idea de un Estado quebrado. Él mismo reconoció que fue una palabra equivocada, pero refleja una visión de un Estado en emergencia, y ese no es el caso.
Estamos con un gobierno que, desde el punto de vista financiero, tiene que preocuparse de que sus finanzas no se sigan deteriorando y mejoren. Hay consenso en que se necesita un ajuste fiscal, pero un ajuste de US$3.800 millones en un año no se condice con el diagnóstico. Y no solo eso: políticamente yo no sé cómo se hace. Nunca lo he visto.
-¿Dónde está la dificultad política de ese ajuste?
-En dónde terminas cortando. Sería muy raro cortar gasto en salud, que permanentemente crece más que el resto. Sería muy raro cortar gasto en el combate a la delincuencia, cuando venimos con un discurso de que es el problema más importante para la gente.
Entonces vas a terminar cortando uno que otro programa que te va a causar un tremendo ruido político y que te va a entrampar otras cosas que sí son importantes y que sí quieres empujar con fuerza.
Manejar un gobierno y manejar un Ministerio de Hacienda es una pega política, no es una pega de economista. La pega de economista es la mía: me siento a ver lo que ellos hacen, calculo y digo comprar o vender. Ellos son políticos porque tienen que administrar el aparato y el poder.
-¿Qué debería escuchar el ministro?
-Ojalá escuche que el crecimiento económico no puede ser la forma de financiar bajas de impuestos. Que priorice y que su prioridad sean los puntos donde hay más consenso, donde había más expectativa.
Lo que muy poca gente sabe es que la mayor parte del tiempo un ministro de Hacienda tiene que lidiar con los programas de los otros ministerios, ver si están bien presentados, bien financiados y bien evaluados. Es una pega tediosa, difícil, muy importante y muy poco visible.
Por eso es importante que escuche, que se ayude y que vea que la gente que opina, a veces con mucha vehemencia, lo hace con la intención de que las cosas salgan bien. Y ojalá los políticos acompañen, pero los políticos tienen su propia agenda. No hay que contar solo con voluntarismo político.




